Adoración ante el Santísimo 32

A Jesús le duele ver a tanto joven muerto. Jesús quiere jóvenes vivos. No jóvenes que simplemente “existan”, sino que “vivan”. Jóvenes llenos de vida, de sueños y de esperanzas. Jóvenes que sueñen con riesgos y desafíos.

Hoy nos lamentamos mucho de nuestra juventud. Hoy somos críticos de nuestros jóvenes. Pero tendríamos que preguntarnos con sinceridad:

¿Quiénes son los que matan hoy a nuestros jóvenes?

¿Quiénes son los que matan las ilusiones y esperanzas de nuestros jóvenes? ¿Qué mundo les ofrecemos para despertar vida en ellos? ¿Qué Iglesia les ofrecemos para ilusionarnos con su fe? ¿Qué Jesús les ofrecemos para entusiasmarlos en su seguimiento? ¿Qué Evangelio les ofrecemos para despertar futuros en sus corazones? ¿Qué les decimos hoy a nuestros jóvenes: que sean como nosotros? ¿Acaso nosotros somos un modelo válido para despertar en ellos  ilusiones? ¿Que piensen como nosotros, cuando nuestras ideas ya se han envejecido incluso para nosotros?

Ellos han nacido de nosotros, pero no somos sus dueños. También ellos tienen su propia cabeza para pensar. También ellos tienen su propia misión que no es la nuestra. Como el hijo de la viuda, también nuestros jóvenes necesitan escuchar más: “Muchacho, levántate”. Sé tú mismo. Vive tu vida. Vive tus sueños.

Qué bien los expresó Khalil Gibran, cuando escribió:

Vuestros hijos no son vuestros hijos, son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de perpetuarse. Vienen a través vuestro, pero no son vuestros. Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis cobijar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque las almas viven en la casa del porvenir. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia lo lejos”.

Dejémoslos crecer y no trunquemos sus sueños.

Que los jóvenes no son seto y árbol de jardín que nosotros podamos cuando nos viene en gana. Los jóvenes necesitan pensar alto, mirar lejos, soñar sueños. Los jóvenes necesitan que les digamos “levantaos”. Y andad vuestro camino.

Jóvenes: no creáis a quienes os ofrecen lo fácil.

Jóvenes: no creáis a quienes os ofrecen lo andado.

Jesús os dice: “Muchacho, a ti te lo digo: “Levántate”. Sé tú mismo.

 

Todos quisiéramos ver cada día grandes milagros y nos perdemos los pequeños-grandes milagros de cada día.

¿No es un milagro poder amanecer cada día y gritar “estoy vivo”?

¿No es un milagro poder abrir cada mañana la ventana y sentir que entra el sol mañanero?

¿No es un milagro sentir cada mañana que alguien te saluda con un beso en los labios o en la mejilla?

¿No es un milagro sentir cada mañana que alguien nos dice con cariño: “Buenos días”?

¿No es un milagro ver cómo cada mañana miles de niños acuden alegres al Colegio?

¿No es un milagro ver cómo cada mañana infinidad de padres salen a buscar el pan de sus hijos?

 ¿No es un milagro sentir cada día que los demás todavía me aman?

¿No es un milagro sentir cada día que hoy puedo amar a los demás?

¿No es un milagro sentir cada día que hoy puedo decir una palabra de esperanza a los demás?

¿No es un milagro sentir cada día que hoy puedo cambiar un pedacito de mundo?

¿No es un milagro sentir cada día que hoy puedo hacer sonreír a alguien que se cruza en mi camino?

 ¿No es un milagro sentir cada día que hoy todavía mis labios pueden florecer en una sonrisa?

¿No es un milagro sentir cada día la bondad que existe en el corazón de los demás?

¿No es un milagro ver cada día cómo nos sonríe un niño?

¿No es un milagro ver cómo cada día los jóvenes se enamoran?

¿No es un milagro ver cómo cada día los esposos renuevan su amor?

¿No es un milagro ver cómo cada día florecen las rosas en el jardín?

¿No es un milagro ver cómo cada día un enfermo se sana y regresa a su casa?

¿No es un milagro que yo pueda estar escribiendo hoy estas líneas para ti?

¿No es un milagro el que tú puedas leerlas, sentirte mejor, sin conocerme?

¿No es un milagro la felicidad que siento de poder hacer algo por ti?

 

No. Yo no espero ni quiero vivir de los grandes milagros.

Yo quisiera vivir del milagro de disfrutar de todos los pequeños milagros de cada día.

El perdón, el gran milagro cristiano.

Es la historia de dos amigos en el desierto. En un momento de enfado uno le dio una bofetada a su amigo. Éste dolorido pero sin decir palabra escribió en la arena:

HOY MI MEJOR AMIGO ME HA DADO UNA BOFETADA.

Continuaron caminando y llegaron a un oasis, y decidieron bañarse. El que había sido abofeteado estuvo a punto de ahogarse y su amigo lo salvó. Cuando se repuso escribió sobre una piedra:

HOY MI MEJOR AMIGO ME HA SALVADO LA VIDA.

El que había sido abofeteado y salvado la vida le preguntó a su amigo: ¿Por qué escribiste en la arena y ahora en la piedra? El amigo le respondió: cuando alguien nos hiere, hay que escribir en la arena para que los vientos del perdón lo puedan borrar. Pero cuando alguien nos hace el bien debemos grabarlo en piedra, para que ningún viento lo pueda borrar y nos lo haga olvidar.

¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?

Todos, de mil maneras y de mil personas, somos deudores.

Estamos en deuda con nuestros padres que tanto se sacrifican por nosotros, en deuda con la sociedad que nos protege, en deuda con nuestros maestros que nos inspiran, en deuda con la iglesia que nos reconcilia y alimenta, en deuda grande e impagable con Dios.

Pocas veces caemos en la cuenta y seguimos viviendo como si fuéramos autónomos, como si no necesitáramos de nadie.

En evangelio de Lucas un fariseo, anfitrión de Jesús, satisfecho de sus bienes y de su perfección no tenía nada que agradecer, nada de qué arrepentirse, no tiene deudas. Solamente tiene su rectitud.

Yo no me veo reflejado en él. Supongo que vosotros tampoco.

La mujer pecadora busca a Jesús porque se siente abrumada por el peso de sus deudas, necesita pagarlas con las lágrimas, "con mucho amor", al único que puede dejar su cuenta a cero.

Jesús siente compasión, que no lástima, sino cercanía, comprensión. Y cumple la misión para la que ha sido enviado por el Padre, perdonar, pagar su deuda.

Sólo puede perdonar el que olvidándose de su perfección se pone en lugar del otro, se mete en sus zapatos y se identifica con él.

En el ejemplo de Jesús: "Un prestamista tenía dos deudores"… hay una nota de humor. Y es que el buen humor es la otra cara de la fe y del perdón.

¿Se imaginan ustedes un cristiano sin el don de la alegría?

Todas nuestras deudas canceladas y ¿no saltar de alegría y delirar diciendo tonterías?

La iglesia del perdón de Dios, debería ser la iglesia del buen humor y de la gran alegría.

No hay pozo tan hondo en el que Dios no pueda entrar.

No hay perdón tan difícil que Dios no pueda conceder.

No hay herida tan grande que Dios no pueda sanar.

 Al banquete de la hospitalidad acudimos los domingos todos los deudores a saldar cuentas con Dios. ¿Salimos perdonados? ¿Salimos alegres y ligeros de equipaje?

Sí, este Jesús, nuestro anfitrión, tiene poder para perdonarnos y nos invita a perdonar.

Jesús nos invita a no llevar cuenta de las ofensas y suprimir de nuestro corazón el deseo de venganza.

El perdón difícil no es el de los grandes titulares y escándalos de nuestro mundo: la guerra, la miseria, el calentamiento global, los abusos sexuales…sino el perdón en nuestras relaciones personales de la vida cotidiana: en la familia, el trabajo, el deporte, en la escuela…

La firma auténtica del cristiano es la del perdón.

No recuerdo donde encontré los 10 mandamientos del perdón.

Perdonar no es fácil. Exige tiempo y esfuerzo.

Perdonar no es olvidar. No significa un cambio en la memoria. Sí, un cambio del corazón.

Perdonar no es ignorar o negar el mal.

Perdonar no significa que el daño no siga aún presente y operante.

Perdonar no es lo mismo que aprobar. Algo ha sucedido que no aprobamos pero sí perdonamos.

Perdonar es reconocer que las personas son mucho más que sus faltas. No clasificar a las personas por el modo cómo me han tratado. En sus vidas hay mucho más.

Perdonar es dar a la persona que me ha ofendido una nueva oportunidad.

Perdonar es reconocer la humanidad de la persona que nos ha ofendido y también la nuestra con nuestras debilidades y nuestra contribución al mal.

Perdonar es renunciar a la venganza.

Perdonar es desear lo mejor a las personas que nos han ofendido.

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