Adoración ante el Santísimo 31

Oración ante la Solemnidad del Corpus Christi

Parábola de dos panes

Érase una vez un pan tierno, crujiente, de olor agradable y apetitoso.

De pronto se encontró rodeado de un grupo de niños que tenían muchas ganas de comer.

Pero cuando el pan los vio, tuvo mucho miedo y corrió a esconderse.

Pasó el tiempo y aquel pan que no quiso dejarse comer, se puso duro. Lo encontraron y lo tiraron a la basura.

En cambio, había una vez un pan tierno, crujiente, de olor agradable y aspecto apetitoso.

Llegó un grupo de niños con ganas de comer. Cuando el pan sintió que el cuchillo lo cortaba no dijo nada, aunque pensó que se moriría. Pero al sentir las manos y la boca de los niños, se sintió alegre. De pronto, se dio cuenta de que no había muerto. Se había transformado en niño. El pan que no se deja comer se endurece. Se hace un pan inútil.

Y al fin termina o en el basurero o en la barriga de algún cerdo.

En cambio, el pan que se deja comer, se deja morir, no muere realmente sino que se transforma en vida de niños, en vida de grandes y pequeños.

Lo que no se da, se muere. Lo que se da vive.

Lo que no se da, se endurece. Lo que se da sigue estando fresco.

Lo que no se da, no sirve para nada. Lo que se da se convierte en nueva vida.

Jesús dijo que “el grano que no muere, queda infecundo. Pero “si muere da mucho fruto”. Las vidas que no mueren renunciando a sí mismas, terminan muriendo en su infecundidad. Mientras que las vidas que mueren sacrificándose por los demás, son vidas que florecen en nuevas vidas y en nueva vida.

Jesús no encontró mejor expresión para sí mismo que el pan. En la última Cena quiso “dejarse a sí mismo” entre nosotros. Y nada mejor que hacerse pan.

El pan se hizo Jesús. Y Jesús se hizo pan. Y por eso, cada día tenemos la posibilidad de alimentarnos de él.

Jesús sigue muriendo y transformándose en nosotros y transformándonos a nosotros en él.

El Jesús de la Eucaristía es “el pan rodeado de gente: niños, grandes y mayores, de hombres y de mujeres”. Es el pan “que es entregado”, es el pan “partido”, el “pan que se da y se entrega”. Y por eso es también el “pan de vida”. “El que come de este pan vivirá para siempre”. “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”.

La mejor manera de no morir nunca es darse siempre.

La mejor manera de vivir siempre es darse siempre.

La mejor manera de que a uno no lo tiren por inútil al basurero:

es dejarse cortar por los niños que tienen hambre, es dejarse comer por todos los que tienen el estómago vacío, es hacerse pan compartido en la mesa de familia.

Lo que estaba condenado a morirse dentro de mí, logra hacerse vida y supervivir en los demás. “Ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí”.

Hace unos años, una madre regaló el corazón de su hijo que había muerto en un accidente de tránsito. Ese corazón fue a parar a un señor que se estaba muriendo. Y la madre gozosa, decía luego: “mi hijo aún no ha muerto, sigue vivo en este señor”.

Como decía Gandhi, “el pan que tiene mejor sabor es el pan compartido”.

El mejor pan, el que se comparte. Es el pan que sabe a mesa. Es el pan que sabe a alegría familiar. Es el pan que sabe a esfuerzo y a sudores. Es el pan que sabe a molino, a harina y a masa. Es el pan que huele a horno.

La mejor alegría, es la compartida. La mejor esperanza, es la compartida.

El mejor vino, es el compartido. La mejor mesa, es la compartida. El mejor amor, es el compartido. El mejor sol es el compartido. Las mejores vacaciones, las compartidas. La mejor y más caliente casa, es la compartida. Porque lo que se comparte, se rescata del pecado. Lo que se comparte, se rescata del egoísmo. Lo que se comparte, se condimenta de amor. Lo que se comparte, se condimenta de generosidad. Lo que se comparte, huele a “Eucaristía”.

“Este es el Cuerpo que será entregado”.

“Esta es la Sangre que será derramada”.

Una Mesa y dos platos

Goudefroy fue durante muchos años el motor de todo el movimiento marxista de Francia. Primero, su padre y luego él, fueron Secretarios del Partido. Padre e hijo fueron tenidos siempre como los grandes líderes del Partido, tanto por sus conocimientos filosóficos como por su generosa entrega a la causa comunista.
Pero, Goudefroy, hijo, cometió un grave error. Abrirse a los famosos diálogos iniciados por aquel entonces en Europa entre el Comunismo y el Catolicismo. Y esta claudicación el Partido no se la perdonó. Porque los totalitarismos son siempre así: piden ser escuchados, pero no quieren escuchar a nadie.

Un día, debía pronunciar su gran Discurso en el Plenario del Partido. Todas las emisoras de radio habían conectado sus micrófonos. Terminado el discurso era de esperar el gran aplauso. Sin embargo el salón quedó sumido en profundo silencio. Ni un solo aplauso. La única voz que rompió ese cristal del silencio fue la de uno de los dirigentes que dictaba la sentencia de expulsión de Goudefroy del seno del Partido. Fue como un declarar la muerte del gran dirigente que ahora no era ni significaba nada para sus camaradas.

Apesadumbrado, roto en su vanidad y orgullo y en sus más hondos sentimientos, se dedicó a vagar en silencio por las calles de París. Sin saber por qué ni cómo, decidió entrar en la casa de su ex esposa, de la que estaba separado y a la que había abandonado, hacía tiempo.
Salió a abrirle la misma esposa. Lo invitó a entrar. Pasa. Pero se dio con la sorpresa  de que en la mesa había dos platos.
Disculpa, le dijo, parece que tienes algún invitado.
Sí, claro que tengo un invitado. Eres tú.
¿Yo?
Sabía que en estos momentos, la única que podría comprenderte y acogerte y seguir amándote era yo. Entra y siéntate para que comamos.

Ahora, dijo Goudefroy, comienzo a entender lo que es ser cristiano. Saber amar. Y amar, precisamente cuando ya nadie te ama.

Los grandes argumentos de la fe cristiana no son precisamente los argumentos de la cabeza, de la filosofía, de la razón. Al final de todo, los grandes y únicos argumentos capaces de despertar la fe en el corazón son el testimonio del amor y de la caridad.

Es el amor y es la caridad lo que realmente nos debieran distinguir como cristianos de todo el resto. En realidad, ya Jesús lo había dicho: “en esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros”. (Jn 13,35) O cuando dice: “Padre, que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me enviaste”. (Jn 17,20-25)

Goudefroy entendió el cristianismo, no en los diálogos intelectuales entre marxistas y católicos, aunque tampoco podemos negar que pudieron ser la preparación del camino.
Entendió el cristianismo, cuando encontró una puerta abierta, cuando todas las demás se le habían cerrado.
En una mesa puesta, cuando todo el mundo le relegaba al silencio y su figura política pasaba al anonimato. Una puerta que se abre. Un plato que se pone a la mesa. Ellos solos son suficientes para que alguien incrédulo y materialista, pueda encontrar los caminos de la fe y pueda hacer la más maravillosa confesión de su vida: “Ahora entiendo el cristianismo”. “Soy cristiano”.

Con frecuencia, no son los grandes acontecimientos los que más revelan el rostro de Dios al hombre.
A veces, las cosas sencillas, las cosas del corazón, las cosas del amor, dicen mucho más al corazón humano.

Los signos pascuales de la fe:
En la Ultima Cena Jesús se hizo pan de comunión, de amor y de entrega a los demás.
Por eso, la mesa de la Eucaristía es el espacio pascual del encuentro con el Resucitado.
Por eso, la mesa de la Eucaristía es el espacio donde cada domingo se reúnen los creyentes para encontrarse con El y encontrarse entre ellos.
En Emaús, también se tendió el mantel sobre una mesa para cenar. Y allí “se les abrieron los ojos”.
Junto al Lago, un pescado asado sobre una brasas. “Es el Señor”.

Dios necesita testigos, no de su poder ni de su saber, sino “testigos de su amor”.
El poder no une a las personas, las ata. La ciencia y el saber tampoco.
Pero el amor es capaz de vencer la terquedad de la inteligencia y el orgullo del poder.

¿Queremos cambiar al mundo? ¿Cómo?
¿Demostrando que eres más que los demás? De seguro que te vas a quedar solo en la vida con todo tu poder, y el mundo seguirá igual.
¿Demostrando que sabes más que los demás? Créeme, te vas a quedar con tu ciencia y cuatro alabanzas y aplausos, pero encerrado en tu soledad.

Sólo cuando seamos capaces de amar, habremos comenzado a hacer un poco mejor nuestro mundo.
Sólo cuando amemos más, lograremos una familia humana mejor y más feliz.
Sólo cuando amemos más, habremos conseguido que los demás puedan decir: “Ahora sabemos lo que significa ser cristiano”. “Ahora ya podemos creer en Dios y en Jesús su enviado”.

Para comprender la Eucaristía.

¿Cómo es posible que mucha gente piadosa que frecuenta la Iglesia, que todos los días recibe la eucaristía, que se considera cristiana, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad y, más aún, contribuya con sus opciones políticas y económicas a mantener cada vez más la desigualdad y la injusticia?

He aquí, siguiendo a Dolores Aleixandre, unos caminos elementales de acceso a la eucaristía que evitarían esa triste realidad antievangélica.

a) Tener hambre

A fuerza de respetar normas y ritos o buscando hacer eucaristías bonitas, corremos el peligro de olvidar que en el origen de lo que celebramos hubo una cena de despedida, y que a lo que estamos invitados es, no a un espectáculo, ni a una representación, ni a una conferencia, sino a una comida fraterna.

Y para comer, lo primero que uno necesita es tener hambre. Esta realidad, estremecedora en dos tercios de nuestro mundo y que tendría que quitarnos el sueño al tercio restante, tiene mucho que ver con un cierto «estado de vigilia», que mantiene despierto el deseo y sigue creyendo en la utopía. Pero sucede que muchos intentan saciar su deseo con lo que alguien ha llamado «la mirada carroñera», que ve la realidad como adquisición y revela nuestra codicia posesiva.

- Podemos preguntarnos por nuestros deseos/hambres: ¿dónde los tenemos puestos, cómo los alimentamos, cuáles son nuestros «deseos parásitos»?.

b) Compartir mesa

Compartir la mesa es el gran símbolo de la convivencia, de la reconciliación, de la inclusión; y, desde el AT, los banquetes son la mejor metáfora de lo que Dios prepara a su pueblo. El banquete de la comida fraterna es la imagen que elige Jesús para hablarnos del reino de Dios.

Podemos preguntarnos: cómo y con quiénes compartimos el banquete de nuestra vida; a quiénes sentamos a nuestra mesa: la de nuestro tiempo, nuestra amistad, nuestros bienes, nuestro interés...; a quiénes excluimos y por qué.

Discurrir cómo podemos crecer con ese talante de incorporar, agregar, atraer, vincular... Proyectar «estrategias de inclusión», modos concretos de continuar en lo corriente de nuestra vida la experiencia de ser incluidos que vivimos en cada eucaristía.

c) Recordar

La eucaristía es hacer memoria de una historia dramática: un galileo arrastrado por las calles de Jerusalén, torturado en unos sótanos, abucheado por la multitud, sentenciado por las autoridades, ejecutado públicamente fuera de la ciudad.

Tenemos tendencia a olvidar esto, a convertir la eucaristía en algo ritual, majestuoso y estético; a privatizarla, a quitarle fuego, a hacerla light. Nos preocupa el que salga bien, como si fuese una representación. Tenemos tendencia a transfugarnos, a evadirnos, a trivializar...

d) Entregar

Es éste un verbo que resulta extraño a nuestra cultura, en la que se conjugan precisamente los contrarios: apropiarse, guardar, retener, acumular, poseer... Acostumbrados a la lógica del cálculo, de la medida y la cautela, no nos es fácil entrar en la lógica de la eucaristía, en la que celebramos el máximo derroche, el total despilfarro.

Pero es precisamente eso lo que se nos llama a celebrar y a vivir:

«haced esto en recuerdo mío». No dice «meditad», «escribir», «reflexionad teológicamente», «componed himnos», «bordad ornamentos», «organizad procesiones», «celebrad congresos», sino, sencillamente «hacedlo». No como una ejecución mimética, sino como algo que nace de dentro, de ese rincón secreto de nuestra verdad última.

e) Anticipar

Si algo resultó difícil de encajar para los primeros cristianos, fue el retraso de la llegada del Señor y del reino. Detrás de muchas imágenes de las parábolas que llamamos «escatológicas», se esconde el intento de descifrar una realidad desconcertante: por eso hablan de «noche», de «ausencia», de «retraso»...; por eso su fe necesitó, como la nuestra, dirigir su mirada a «las cosas últimas», escucharlas, simbolizarlas, imaginarlas, convertirlas en palabras pronunciables. A esa necesidad profunda de «anticipar», de pregustar ya aquí algo de lo que será definitivo responde «literariamente» el Apocalipsis, y «sacramentalmente» la celebración eucarística.

La eucaristía nos revela cómo será el futuro, el Reino. Vivirla como anticipación utópica, como «maqueta» del mundo que el Padre quiere, nos hace volver a lo cotidiano más capaces de perdonar y de ser perdonados, más decididos a trabajar por ensanchar espacios en los que cada hombre y mujer encuentren su lugar en tomo a la mesa común, más dispuestos a ser pan compartido y presencia real del amor de Dios para los últimos.

f) Tragarse a Jesús

Parece un verbo áspero, pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: «no trago a tal persona»; «ese disgusto aún no me lo he tragado..., todavía lo tengo aquí» (y señalamos la garganta)...

Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el pan, y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos. Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión «comulgar» por la de «tragarnos a Jesús», para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría tragarnos su mentalidad, sus preferencias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

g) Bendecir

Es el verbo central de la eucaristía y la médula de nuestra vida. La

palabra griega eucharistía (acción de gracias) es una de las que traduce en el NT la berakah hebrea (bendición); y cuando decimos «eucaristía», estamos recogiendo toda la herencia de bendición, de alabanza y de agradecimiento desbordante que recorre todo el AT.

La eucaristía es para nosotros la ocasión de convertir en bendición nuestra vida entera, de «arrastrar» hasta ella todo el peso de nuestro agradecimiento, todo lo que en nosotros y en toda la creación está llamado a convertirse en canción, en «un himno a su gloriosa generosidad» (Ef 1,14).

Tenemos en las manos y en el corazón la opción de vivir «en clave de murmuración» (quejas, resentimiento y desencanto, como Israel en el desierto [cf. Ex 16,17] o «en clave de bendición», descubriendo en la vida, más allá de su opacidad, la presencia que hacía estremecerse de alegría a Jesús (cf. Mt 11,25) cuando sentía la «afinidad» de sus preferencias con las del Padre.

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