Adoración ante el Santísimo 30

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Vosotros sois mis amigos, ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. (Jn 15,12-17)

Sería interesante saber cuántas leyes se promulgan anualmente en cada país.
Admiro a los abogados que tienen que estar al día y se tienen que tragar un buen menú de leyes. Yo no valdría para abogado porque mi memoria no da para tanta ley.
Tampoco la ley en la Iglesia va a la zaga. El Derecho Canónico tiene 1752 leyes. Y luego todas las normas que salen cada día.

En cambio Jesús lo simplificó todo. Sólo nos dejó una ley:

“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Para Jesús es suficiente una sola ley: el amor.
Para el que ama las demás leyes está de sobra.
Para el que no ama, todas las leyes juntas son insuficientes.
San Agustín lo entendió muy bien: “Ama y haz lo que quieras”.
Por eso estoy seguro de que Jesús no nos va a examinar del Derecho Canónico.
Sólo nos hará una pregunta: “¿Has amado?”
Claro que le pone una apostilla peligrosa: “como yo os he amado”.
Porque, como dice el refranero: “la gente a cualquier cosa llama chocolate”.
Y que nosotros pudiéramos traducir: “nosotros, a cualquier cosa llamamos amor”.

Para el cristiano es suficiente “amar”. Pero “amar” no de cualquier manera. Si no todo es “chocolate”, tampoco todo es “amor”. No nos equivoquemos. Amar, es “amar como yo os he amado”. El amor del Padre a Jesús es la medida de nuestro amor. El amor de Jesús para con cada uno de nosotros es la medida de nuestro. Por eso, luego Jesús establece el marco de relaciones que han de guiar nuestras vidas: En cristiano no hay “amos y esclavos”.
En cristiano no hay “grandes y pequeños”.
En cristiano no hay “los poderosos y los débiles”.
Donde hay amor no puede haber esclavitud.
Donde hay amor no puede haber “siervos” al servicio de “amos”.
Por eso tampoco puede haber secretos.
Porque los que se aman de verdad no tienen secretos entre ellos.

En cristiano lo que tiene que haber son “amigos”. Somos amigos de Jesús.
Jesús es nuestro amigo. Somos amigos entre nosotros. Soy tu amigo.
Eres mi amigo. Somos amigos. Una sociedad de amigos y de amistad.
Una Iglesia de amigos y de amistad. Amigos que no se imponen, sino que libremente se eligen. No se trata de esa amistad utilitarista para ver cuánto le puedo sacar de jugo. Sino esa amistad libre y espontánea que brota del corazón. Es la amistad fruto de “amarnos”.

Hoy la juventud valora mucho la amistad.
Incluso los amigos están supliendo las mismas relaciones familiares.
¿No será este un buen camino pastoral para lograr acercarnos de nuevo a la juventud?
Una juventud que no quiere amos y dueños sino amigos.
Una juventud que no quiere imposiciones, sino relaciones de amistad.
“Esto os mando: que os améis unos a otros”.

Yo soy la verdadera vida y mi Padre el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto”. (Jn 15,1.8)

Cuando veo podar los árboles siento pena, es como si los estuviesen matando a pedacitos.
Cuando veo podar un rosal siento pena, es como si los estuviesen castigando.
Cuando por primera vez vi podar los viñedos, sentí que todos se iban a morir.
Luego, después de unos meses de verlos desnudos que daban la impresión de estar secos, sentí una profunda alegría al verlos brotar de nuevo rejuvenecidos y con nuevos sarmientos.

Pienso que también la vid tiene que sufrir cuando la desnudan de sus sarmientos, como si fuese un castigo a la cantidad de racimos que nos ha regalado.
El alma se nos abre a la esperanza. Sabemos que pasarán el frío del invierno, puros troncos desnudos. Pero también sabemos que llegará la primavera y el viñedo florecerá como una pradera verde de nuevos sarmientos.
Y que luego disfrutaremos cuando veamos brotar los racimos, los veamos madurar y sintamos ganas de cortar uno para saborear sus uvas.

El caso es que precisamente a los sarmientos que han dado fruto, el viñador los poda.
Los que no dan fruto simplemente se los tira fuera porque no sirven para nada.
Sólo se poda a los que tienen vida y se cargan de racimos.

La Iglesia, la comunidad cristiana es la viña de Dios viñador.
Y Jesús es la vid de la que todos somos sarmientos.
Y a los que damos fruto, con frecuencia, el Señor también nos poda.
Y hasta pudiéramos imaginarnos a cada uno de nosotros como una vid a la que el Padre viñador nos va podando de tiempo en tiempo.
Nos va podando no para hacernos sufrir.
Nos va podando no para que muramos.
Nos va podando para que volvamos a renacer.
Porque el cristiano es el que está llamado a revivir y renacer cada día.
Y nos va podando precisamente para que demos más frutos.
Nos va podando para que demos más racimos y abunde más el vino.

La vid cuando es podada no se queja.
No se lamenta de quedar desnuda.
Pero nosotros solemos quejarnos y lamentarnos.
Y nos lamentamos precisamente porque nos sentimos buenos.
Y nos quejamos del viñador: “¿por qué a mí que soy bueno y cumplo con todo?”
Y nos olvidamos que también el “Padre viñador” nos poda:
No porque no nos ame.
No porque no nos quiera.
No porque nos quiera hacer sufrir.
No porque nos quiera castigar.
No porque nos quiera ver desnudos e impotentes.

Sino porque, precisamente, nuestro Padre:
Nos quiere ver, no viejos sino nuevos.
Nos quiere ver no cristianos de invierno.
Nos quiere ver cristianos rebrotando cada día.
Nos quiere ver cristianos renovados.
Nos quiere ver cristianos en primavera espiritual.
Nos quiere limpiar de todo lo que nos estorba para crecer.
Nos quiere limpiar de todo lo que nos impide tener un corazón más limpio.
Nos quiere ver cargados de frutos de bondad.
Nos quiere ver cargados de frutos de gracia y santidad.

La poda duele.
Pero la poda renueva.
La poda hace brotar en nosotros la primavera de la gracia.
No tengamos miedo a la “poda de nuestro Padre, el viñador”.
Nos poda, porque nos ama.

 

Dijo Jesús a sus discípulos: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”. (Jn 14,21-26)

¡Con qué facilidad decimos que amamos a Dios! Incluso, ¡Qué fácilmente decimos que nos amamos! Si el amor dependiera de las palabras ¡cuánto amor habría en el mundo! Sin embargo, ¡cuánto engaño hay en esa palabra tan maravillosa que se llama “amor”! ¡Cuánta mentira cuando decimos “yo te amo”! Por eso, Jesús que conoce demasiado bien el corazón humano, nos propone unos criterios para que, ni nos engañemos a nosotros mismos ni engañemos a los demás.
El amor se dice con palabras, pero se expresa en obras.
El amor no se mide desde nosotros mismos.El amor se mide desde aquel a quien decimos amar.

Sólo podremos decir que amamos si “aceptamos el Evangelio de Jesús y lo cumplimos”.
La única palabra verdadera para Dios, es la verdad evangélica de nuestra vida.

Amo, si acepto realmente el Evangelio.
Amo, si vivo de verdad el Evangelio.
Amo, no si lo digo con palabras vacías.
Amo, si lo digo con la vida.

Muchos dicen que aman, pero nadie se entera.
Muchos dicen que aman, pero siempre menos de lo que debían amar.
Muchos dicen que aman, pero siempre se quedan cortos.
Muchos dicen que aman, pero son solo palabras.

Tú ama, pero dilo con tu vida.
Tú ama, pero dilo compartiendo lo que tienes.
Tú ama, pero dilo dando tu tiempo.
Tú ama, pero dilo dándote a ti mismo.
Tú ama, pero que el otro se sienta amado.
Tú ama, pero que el otro se sienta mejor.

El amor que no se dice con obras, se queda en palabras.
El amor que no se dice con los gestos, se queda en sentimiento.
El amor que no se dice con la vida, se queda en buenos deseos.
El amor que no se dice con amor, es una ilusión.

El amor tiene su recompensa. Una recompensa que supera al amor mismo:
Si amamos de verdad a Jesús “mi Padre lo amará”.
“Y yo también lo amaré”.
“Y me revelaré a él”.
Esa es la razón que Jesús le da a Judas cuando le pregunta: “Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo”.
Porque Dios es amor.
Y solo puede revelarse a quien ama.
Porque solo el amor puede entender de amores.
Porque solo el amor es capaz de abrirse a la verdad de Dios amor.
Porque solo el amor es capaz de entender lo que la cabeza no entiende.

Aceptar a Jesús y cumplir su Evangelio no se paga con dinero.
Pero tiene unas consecuencias que jamás se nos hubiesen ocurrido a nosotros.
Saber que somos amados por Dios.
Saber que somos amados por Jesús.
Y sentir que él se nos revela y manifiesta.
Nos revela los misterios de su corazón.
Y sentir que Dios convierte nuestro corazón en su cielo.
Dios será algún día nuestro cielo.
Pero mientras tanto, nosotros seremos el cielo de Dios.
“Mi padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.
El cielo no está tan lejos, porque está en nosotros mismos.
Porque es en nosotros que habita y mora Dios.

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