Oración ante el Santísimo 28

Con imágenes muy gráficas Jesús nos revela el rostro de Dios, como pura misericordia; nos describe el pecado como degradación, la conversión como rehabilitación, reconciliación y fiesta; y caricaturiza la religiosidad fría, cumplimentera, orgullosa y despectiva del hermano mayor...

La parábola del Hijo Pródigo o, mejor, del padre misericordioso, nos da a entender que el padre salía todas las tardes a otear los caminos para ver si el hijo regresaba...

Las llamadas de Dios son múltiples y resuenan ininterrumpidamente; todo depende de nuestra atención y de nuestro silencio para poder escucharlas.

“Entrando dentro de sí mismo... recapacitó....”, dice Lucas. Para entrar dentro de casa, primero hay que entrar dentro de sí, como el pródigo. Es preciso entrar dentro de uno mismo, pararse a pensar, revisarse, para reconocer la propia miseria. Se ha dicho: “La gran desgracia del hombre moderno es que no sabe detenerse, está fuera de sí”...

Entrar dentro de sí supone confrontar la propia vida con el proyecto de Dios... Comparar nuestras carcajadas con su sonrisa profunda, tomar conciencia de los gemidos acallados por la juerga, la diversión, el dinero, el placer... Para entrar dentro de uno mismo es preciso reservar en la vida un espacio suficiente de tiempo para la oración, para el silencio, para reflexionar y contemplar con calma la Palabra de Dios.

Jesús revela a un Padre Dios que es de verdad desconcertante. Primeramente refiere que sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Y cuando se encuentra con su hijo que vuelve, y que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas y da orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.

Dios no es alguien que se enoja por nuestros pecados porque son una desobediencia a sus leyes y normas o porque violan su santa voluntad... Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando actuamos en nuestro bien y, porque nos quiere, se entristece cuando nos hacemos mal...

Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida... Siempre está abierta la puerta del corazón de Dios...

La figura central de esta parábola ha sido siempre el hijo pródigo arrepentido. Sin embargo, yo creo que la figura central y principal de la parábola es el PADRE.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando nos apartamos de Dios; cuando nos olvidamos de Dios; cuando damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, nuestra conciencia a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre; cuando ponemos nuestra meta y nuestra aspiración solamente en las cosas materiales.

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, habiéndonos apartado de Dios, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no tenemos amor; cuando no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; cuando nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

Desde luego, el hijo mayor, aun estando en casa con el padre, era el que estaba más lejos del padre.

El padre es el personaje central de la parábola: un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado del padre; un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.

 

Un Dios que es de verdad desconcertante. Primeramente refiere que sale a nuestros caminos para vernos regresar. No puede ser feliz viendo a sus hijos arruinados e infelices. Y cuando se encuentra con su hijo que vuelve, y que pretende pedirle mil perdones, no le pide explicaciones, simplemente le abraza y riega su cuello con sus lágrimas y da orden inmediata de que se prepare el mejor banquete de la casa. No cabe en sí; está loco de contento.

Dios no es alguien que se enoja por nuestros pecados porque son una desobediencia a sus leyes y normas o porque violan su santa voluntad... Dios es Padre y nos quiere y se llena de alegría cuando actuamos en nuestro bien y, porque nos quiere, se entristece cuando nos hacemos mal...

Así es la vida según la parábola de Jesús. La tragedia de un Dios Padre que busca la fraternidad de todos los hombres sin conseguirlo.

No es fácil la fiesta final que el Padre desea. Unas veces, es el hijo menor quien se marcha lejos abandonando el hogar. Otras, el hijo mayor que no acepta en casa al hermano que retorna.

Esta parábola no es una visión ingenua de la vida. Es la descripción de una cruda realidad que todos constatamos día a día. Hombres y mujeres, llamados todos a disfrutar de una misma felicidad y plenitud, no somos capaces de acogernos y convivir como hermanos.

Se trata, pues, de una parábola de un Padre bondadoso que desea lograr un verdadero hogar sin conseguirlo.

La parábola nos describe un fuerte contraste. Al final del relato, el hijo menor, el pecador que se había alejado del hogar, termina celebrando una fiesta junto a su Padre. Por el contrario, el hijo mayor, el cumplidor que nunca huyó de casa y jamás desobedeció una orden de su Padre, se queda, al final, fuera del hogar, sin participar de la fiesta.

La enseñanza de Jesús es desconcertante. Lo verdaderamente decisivo para entrar en la fiesta final es saber reconocer nuestras equivocaciones, creer en el amor de un Padre y, en consecuencia, saber amar y perdonar..

La parábola nos hace tomar conciencia de que el pecado es siempre mentiroso, pues a la larga nos deshumaniza.

Nos hace ver que la nostalgia de nuestra conciencia por una vida más digna y más feliz es ya el inicio de la conversión, y que esta nostalgia para los cristianos tiene un nombre: Cristo y su Evangelio.

La conversión como encuentro con la misericordia de Dios está en la base del sacramento de la Penitencia. Cada vez que confesamos nuestros pecados se realiza sacramentalmente la parábola del Hijo Pródigo. Pero por desgracia los cristianos cada vez tenemos menos experiencia de una de las dimensiones más importantes del corazón de Dios, su capacidad de perdón, y en esa medida nos vamos incapacitando para saborear desde la fe la experiencia de sabernos amados por Dios.

La parábola de hoy es una invitación a reconocer nuestros pecados y afianzar nuestra confianza en un Dios Padre que nos perdona y nos quiere infinitamente. Como consecuencia de esa humildad para reconocer nuestras equivocaciones y creer en el amor de Dios, vendrá el saber perdonar y amar a los hermanos.

Y ésta es la tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No huye de casa. Sabe cumplir todas las órdenes. Pero no sabe amar... No sabe comprender el amor de su Padre... No sabe comprender y amar al hermano.

Pero yo no podía comulgar…

Una Señora, había tenido la desgracia de casarse con un hombre irresponsable. Al año y medio se quedó sola porque él se marchó con otra y no dio más la cara. Ni sabe si está vivo o muerto. Pasaron los años y ella encontró un hombre en su camino que la comprendió y la amó. Claro, su situación era religiosamente irregular en la Iglesia. No podía confesarse ni comulgar. Al tiempo, ya mayor, se murió. Y sintió que un ángel que hacía de taxista la recogió y la llevó a la puerta del cielo. Ella se asustó, porque ¿cómo iba a entrar ella en el cielo si toda su vida no había comulgado ni se había confesado? Le habían dicho que ella estaba en pecado. Cuando volteó la cabeza, se dio cuenta de que el taxista desapareció. Asustada, a la puerta del cielo, no sabía qué hacer.

No se sentía digna de tocar el timbre, pero tampoco sabía adónde ir. De repente se abrió la puerta y era Jesucristo. Ella lo reconoció y él también a ella. Pasa, María, ¿qué haces ahí fuera tiritando de frío? Entra.

Lo pobre María, asustada, trató de explicarle. Pero, Señor, yo….

Ya sé, ya sé… Tú no comulgabas ni te permitían confesarte. Ya lo sé todo. Entra.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, sintió que desde dentro la recibían con un estruendoso aplauso. “¡Señor, no entiendo nada!”.

Claro que no entiendes, pero yo si lo entiendo.

“Es que yo estaba casada irregularmente, y no podía....”

 Mira, ¿recuerdas aquella chica sudafricana que, por necesidad económica, se prestó a llevar de Lima a Madrid tres kilos de cocaína y la pescaron en el aeropuerto? Sin juicio alguno, la metieron a la cárcel. No tenía a nadie. Era la gran desconocida de todos. Sólo se sabía que era de Sudáfrica.

  ¿Y recuerdas cómo tú fuiste la única que vino a verme, a hacerme compañía, a levantar mi espíritu, a darme una palabra de aliento?

  ¿Y recuerdas a aquella otra chica, chilena, que le sucedió lo mismo?

  ¿Y recuerdas que tú venías por las tardes a vernos, a alentarnos y a traernos cosas porque allí no teníamos nada?

  ¿Y recuerdas que cuando salí de la cárcel me quedé en la puerta, con ganas de reingresar de nuevo, porque fuera no tenía a nadie más que la calle? Y tú apareciste allí con tu coche. Y me llevaste a tu casa. Y esa noche y no sé cuantas más pude cenar contigo y dormir rico en una cama limpia.

  ¿Y recuerdas todo lo que tuviste que hacer para conseguirme mis nuevos documentos para que pudiera regresar a mi tierra?

 Ya sé que no podías comulgar en la Iglesia con los demás. Y tú sabías la razón. Pero luego comulgabas conmigo en la cárcel, cada vez que nos visitabas, y cada vez que nos traías cosas, y cada vez que nos hospedabas en tu casa. ¿No recuerdas lo que un día alguien te dijo de que “te estabas metiendo en asuntos que podían traerte problemas”?

¿Recuerdas a aquel hijo que malgastó  toda la fortuna de su padre?  También se sentía indigno de regresar a casa. Tenía miedo a que le echaran fuera a patadas y no le abrieran la puerta. Tenía miedo a la reacción que su padre pudiera tener contra él.

Y hasta preparó su sermoncito para ganarse el corazón de su padre.

Y no puedo decírselo, porque los brazos de su padre llegaron a su cuello antes que pudiera decir ni palabra.

Y su padre hizo fiesta.

Claro. Tuvo la suerte de que a la puerta estaba su padre. No su hermano.

Porque su hermano era “demasiado bueno” para entender el corazón del padre.

Para entender su regreso.

Y su padre lo sabía. Por eso fue el padre el que, desde el día que se fue, custodió la puerta, para que nadie impidiese su regreso a casa. Los padres nunca perdemos la esperanza del regreso a casa. ¿Lo entiendes ahora?

 Hay muchos, que nosotros consideramos malos, pero que Dios considera como buenos.

  Hay muchos, que nosotros echamos fuera, pero que Dios los mete dentro.

  Durante el Sínodo de Obispos en Roma, del año 1980. En el aula se había hablado con mucha dureza de los problemas de los casados. Mientras tomaba un café el Cardenal Hume, se acercó otro Obispo que le dice con una gran pena: “¡Eminencia, qué mal la van a pasar los casados cuando lleguen al cielo!” El Cardenal Hume, con aquel humor que le caracterizaba, le respondió sonriéndose: “Monseñor, venga tomemos un café tranquilos. ¿Usted cree que en el cielo van a tener en cuenta todo lo que hemos hablado esta mañana? Ninguno de nosotros va a ser el portero. Usted sabe muy bien quién es el portero del cielo”.

 ¿Quién puede dar un juicio sobre el corazón humano?

  ¿Quién se cree con derecho a decir, quiénes son los que se salvan y los que se condenan?

  ¿Quién es el que se atreve a decir “nosotros, sí”, pero “los otros, no”?

  Para entender el misterio del corazón humano, primero es preciso entender el misterio del corazón de Dios. “Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El”

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