Adoración ante el Santísimo 26

No puede haber Transfiguración sin silencio

El hombre y la mujer contemporáneos se están quedando poco a poco sin silencio. El ruido se va apoderando de los ambientes y de los hogares, de las mentes y de los corazones, impidiendo a las personas vivir en paz y armonía.

Sería una ingenuidad pensar que el ruido sólo está fuera de nosotros, en las perforaciones que hacen en las calles, en el estrépito de la motocicleta que pasa o el alboroto del piso vecino. El ruido está dentro de cada uno, en esa agitación y confusión que reina en nuestro interior o en esa prisa y ansiedad que nos destruye desde dentro.

Incluso podemos decir que algunas crispaciones y problemas externos que atormentan a muchos son, con frecuencia, una proyección de problemas y desequilibrios que no han sido resueltos en el silencio del corazón.

Por eso, el silencio no se recupera solamente insonorizando las habitaciones del hogar o retirándose al campo durante el fin de semana. Es necesario, sobre todo, aprender a entrar en uno mismo y crear ese clima de recogimiento personal, indispensable para reconstruir nuestro interior.

La persona cogida por el ruido y la agitación corre el riesgo de no conocerse a sí misma sino de manera superficial. Por eso, tal vez, lo primero es encontrarnos con nosotros mismos. Conocer mejor a ese personaje extraño que se agita a lo largo del día y que soy “yo” mismo.

 Esto sólo es posible cuando uno se atreve a poner en orden esa confusión interior, haciéndose las preguntas fundamentales de todo ser humano: “¿Qué busco yo en la vida? ¿Por qué me afano? ¿Qué amo? ¿Dónde pongo yo mi felicidad?”

Estas preguntas se nos pueden hacer insoportables porque fácilmente despiertan en nosotros sensaciones diversas de fracaso, de mediocridad, de pecado o desesperanza. Entonces el silencio se hace oscuro y tenebroso. Da miedo entrar en uno mismo y penetrar en el fondo de la existencia.

Así se encuentran aquellos discípulos a los que Jesús ha alejado del ruido y de la agitación, para conducirlos a lo alto de una montaña a orar. Los discípulos se asustan al entrar en la nube que comienza a cubrirlos. Su temor sólo desaparece cuando, desde el interior de la nube, escuchan una voz que les dice: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.”

El creyente nunca está sólo en su silencio. Alguien lo acompaña y sostiene desde dentro. Siempre puede escuchar esa voz de Jesucristo que comprende nuestras equivocaciones, perdona nuestro pecado y despierta de nuevo en nosotros la esperanza.

La aparición de Jesús representa para todos algo nuevo y sorprendente. Su predicación ya no se centra en la ira de Dios que llega como Juez, sino en el amor de un Padre que busca la salvación de todos, incluso la de los paganos y pecadores.

Tres rasgos caracterizan la actuación de Jesús. En primer lugar, Jesús “hace sitio” en su propia vida al dolor, la soledad y la impotencia de los que sufren por no tener sitio en el corazón de las personas ni en la sociedad, Jesús, además, “defiende al débil” y ofrece cobijo a los que viven agobiados por la enfermedad, la culpabilidad o la marginación. Y por último, Jesús se entrega a “salvar lo perdido”, la vida que se está echando a perder. Él es de “los perdidos”. Ha venido a “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10)

EL ARTE DE ESCUCHAR  

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

Un famoso médico psiquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado»

Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». 

Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar".

 

¡Qué bien se está aquí!...

Vivimos en un mundo lleno de violencia brutal e irracional, en todos los aspectos.

Un sentimiento de dolor, desaliento e impotencia se va apoderando y nos encoge el corazón. ¿No es posible una sociedad fraterna? ¿No es el hombre capaz de ser más humano? ¿No podremos lograr nunca la felicidad y la paz que anhelamos desde lo más hondo de nuestro ser? ¿No llegaremos nunca a entendernos?

En estas circunstancias, hablar de la Transfiguración, de la experiencia del cielo en el monte Tabor puede parecer a muchos escapismo y evasión cobarde de los problemas que nos envuelve.

Y, sin embargo, la “escena de la transfiguración” es particularmente significativa en estos momentos y nos revela algo que es una constante en el evangelio. “Cristo no lleva al hombre a la huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra como su hijo fiel” y comprometido pero con la esperanza de un mundo nuevo lleno de felicidad, de libertad, de justicia, de paz y de amor.

Jesús conduce a sus discípulos a una “montaña alta” a un lugar señalado de encuentro con Dios, según la mentalidad semita. Los discípulos vivirán allí una experiencia religiosa que los sumergirá en el misterio de Jesús.

Por eso en esta experiencia gozosa, arrebatadora que viven los discípulos elegidos en el monte Tabor, la reacción de Pedro es explicable: “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas...”  ¿Qué le ocurre a Pedro? Pedro quiere detener el tiempo. Quiere instalarse cómodamente en la experiencia de lo religioso. Quiere huir de la tierra. Pedro está en el límite de caer en la tentación de desentenderse de la vida del hombre real.

Jesús, sin embargo, los bajará de nuevo de la montaña al quehacer diario de la vida. Y los discípulos deberán comprender lo mismo que nosotros que la apertura al Dios trascendente no puede ser nunca huida del mundo.

Quien se abre intensamente a Dios, ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios de Jesucristo, siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres.

Y eso porque no es cristiana la postura que conduce a desentendernos de los problemas del presente y despreocuparnos de los sufrimientos de esta tierra. Precisamente, porque cree y espera un mundo nuevo y definitivo, la experiencia del Tabor es un anticipo. El creyente no puede tolerar ni conformarse con este mundo nuestro lleno de odios, lágrimas, sangre, injusticia, mentira y violencia. La experiencia del Tabor, de la Transfiguración, del cielo, a los creyentes nos hace vivir, luchar con esperanza, sin hundirnos en el desaliento a la hora de transformar este mundo.

Pero, quien no hace nada por cambiar este mundo no cree en otro mejor. Quien no hace nada por desterrar la violencia, no cree en una sociedad fraterna. Quien no lucha contra la injusticia, no cree en un mundo más justo. Quien no trabaja por liberar al hombre del sufrimiento, no cree en un mundo nuevo y feliz. Quien no hace nada por cambiar y transformar nuestra tierra no cree en el cielo.

La experiencia gozosa del Monte Tabor no es, por el momento, final del trayecto para los discípulos, pero les da fuerzas para seguir el camino de Jesús.

La promesa del Cielo no es por ahora nuestro destino, pero nos da energía para caminar por la dureza de nuestra vida, con esperanza en el dolor.

¿Me comprometo con la justicia y la paz? La promesa de Jesús ¿me anima en el hacer de la vida?

 

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