Adoración ante el Santísimo 25

TODO EL MUNDO DEBE SER PROFETA EN SU TIERRA

Sabemos que el Señor nos llama a todos a realizar alguna tarea de servicio en nuestras comunidades. Tendremos que repetirnos a nosotros mismos estas cosas para convencernos definitivamente. Seguro que hay personas a las que les parece que eso de la vocación o la llamada de Dios es sólo cosa de sacerdotes o religiosos. Eso no es verdad. A todos nos llama el Señor. Los catequistas son llamados por Dios, y los que cuidan a los pobres, y los que visitan a los enfermos, y los que preparan las celebraciones, y todos los que se desviven por los demás en cualquier tarea de servicio. Detrás de todas esas personas generosas que van haciendo un mundo más habitable hay una respuesta a la llamada de Dios. Quizás mucha gente ni siquiera sea consciente de ello. Dios utiliza caminos misteriosos para hacernos llegar su llamada. La primera lectura contaba algunos datos de la llamada de Dios a Jeremías. Él descubrió que el Señor le llamaba  a una tarea difícil: ser profeta. Seguramente sintió miedo y pondría excusas: que era joven, que no sabía el oficio, que no tenía experiencia.

Nosotros también solemos poner excusas cuando nos da miedo seguir la llamada del Señor. Tenemos miedo al trabajo, a que nos critiquen, a no acertar, a las preocupaciones que nos van a caer encima. Se vive mejor sin complicaciones, y por eso hay tantas personas que dudan y no terminan de decidirse nunca. Sienten miedo. A Jeremías, para que no tenga miedo, Dios le dice: “No les tengas miedo. Lucharán contra ti, pero no te podrán porque yo estoy contigo”. Dios estuvo con él. Desde su debilidad, resistió frente a todos porque llevaba en el corazón la fuerza de Dios. Esa fuerza es la que nos da el Señor cuando seguimos su llamada y nos metemos en complicaciones. ¿Por qué nosotros no podemos quedarnos de brazos cruzados, encerrados en nuestro egoísmo? Porque sentimos que el Señor nos llama.

Algo tenemos que hacer para que nuestro mundo, nuestro barrio o nuestro pueblo funcionen un poco mejor. Sólo tendremos que encontrar dónde está nuestro sitio...

Y si no encontramos nada adecuado... Amar es una tarea maravillosa y al alcance de todos. Santa Teresita, que no se sentía para hacer grandes gestas en la Iglesia, en un exceso de alegría decía: “He encontrado por fin mi vocación. Mi vocación es el amor”. Es como cuando alguien dice: “Yo no sé trabajar en los grupos de la parroquia y no estoy capacitado para asumir tareas. Lo único que sé hacer y lo haré desde ahora es querer a todos”.

En el evangelio resuena la vocación de Jesús: “El Espíritu de Dios me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, para liberar a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor”. En su propio pueblo Jesús comunicaba que ésta era la tarea que le asignaba Dios. También era una tarea difícil. Quizás sintiera, como nosotros, miedo. Comprobó que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Y en su propio pueblo sufrió el rechazo de sus paisanos. Empezaba un camino largo de trabajos y dificultades, pero nunca se doblegó, porque a eso lo llama Dios. Y Dios estaba siempre con Él.

 

Siempre tenemos razones para resistirnos a las llamadas y las visitas de Dios. Jesús tiene experiencia de estas resistencias y razonamientos del corazón humano. “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. (Jn 1,11)
Y ahora que Jesús visita a su pueblo lo vuelve a experimentar en carne propia. Como siempre, los hombres necesitamos pedirle sus credenciales a Dios, su DNI, con el que se identifique. A Jesús se lo dijeron bien claro. “Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”.

Reconocen que tiene “palabras de gracia”, de salvación, de liberación. Pero tampoco ellos quieren creer a la palabra de Dios. Le exigen señales, signos que lo acrediten. ¿Por qué será que en la puerta de nuestro corazón Dios siempre encuentra una especie de aduana para revisar su equipaje antes de darle paso y abrirle la puerta?

Dios no es de los que empuja la puerta. Es de los que llama. Es los que toca primero y pide permiso.
¿No sería mejor que lo recibiésemos dándole la bienvenida con una canción?
O incluso, ¿no sería mejor que nos quedásemos pasmados y admirados de su amor y su cariño por nosotros, en callado silencio ante su presencia? ¿No sería mejor mirarle a la cara y descubrir en ella su sonrisa de gracia y de amor?

Dios no nos pide ni exige nada cuando quiere ser nuestro huésped.
Dios no nos cobra ni nos pide señal alguna.
Dios solo quiere que le abramos la puerta, que le aceptemos gozosos, ¿Acaso nos parece un precio demasiado elevado para quien llega a nosotros con “palabras de gracia”?

Un día me encontré con un joven desesperado consigo mismo. “Mi vida, es un asco. Yo siento asco hacia mí, porque he vivido una vida vacía metida en todos los lodazales. Y como verá, para mi edad de veintiséis años, es un verdadero asco. Y no sé qué hacer con ella”.
En ese momento yo tenía en mis manos uno de los volúmenes de la Obra de Tagore. Y le respondí: ¿quieres que te lea unas frasecitas? Escucha:
“Perdí mi corazón por el camino polvoriento del mundo; pero tú lo cogiste en tu mano. Se esparcieron todos mis deseos, tú los recogiste y los fuiste enhebrando en el hilo de tu amor. Vagaba yo de puerta en puerta, y a cada paso me acercaba más a tu portal”.

¿Quién es ese tipo? Puedes ser tú mismo.

¿Pero de quién es esa mano y ese portal? Es la mano y el portal de Dios.

¿Y usted cree que Dios se va manchar las manos con esta basura? Le encanta ensuciarse las manos con toda la basura del corazón humano.
¿Pero eso tendrá un precio? Ninguno. Al contrario, es Él quien paga por llevarse esa basura de tu vida. Pero ¿y qué debo hacer, porque a mí no me parece nada fácil? Facilísimo. Basta que tú te dejes, que abras la puerta de tu corazón y le dejes entrar. ¿Y qué negocio piensa hacer Dios con la basura de mi vida, también él la recicla? Efectivamente la recicla cambiando tu corazón y tu vida en un corazón y en una vida nuevos.
Lo llevé a la Iglesia y lo dejó solo en silencio. Yo me alejé un poco y dejé que se desahogase en lágrimas ante el Señor. Cuando se levantó, limpió con el pañuelo sus ojos y  me pidió lo confesara. Lo hice allí mismo sentados en un banco. Desde entonces, cada vez que me encuentra me saluda siempre con “aquí la basura reciclada”.

No le pidamos a Dios documentos de identidad. Escuchemos sus “palabras de gracia” y dejémosle entrar y recibámoslo con una sonara canción o en silencio.

El valor de la sonrisa

Basta una leve sonrisa en tus labios para:

- Levantar el corazón.

- Acercar a las personas.

- Mantener el buen humor.

- Conservar la paz del alma.

- Ayudar a la salud.

- Embellecer la cara.

- Despertar buenos pensamientos.

- Inspirar generosas obras.

Sonríete, hasta que notes que tu constante seriedad y severidad se han desvanecido.

Sonríete hasta entibiar tu propio corazón.

Irradia tu sonrisa. Esa sonrisa que tiene muchos

trabajos que hacer. Ponla al servicio de los hombres y de DIOS.

Tú puedes ser un apóstol y convertir la sonrisa en un instrumento:        .

- sonríe a los que sufren de soledad;

- sonríe a los tímidos y a los tristes;

- sonríe a los jóvenes y a los ancianos;

- sonríe a tus familiares y a quienes tratas.

Deja que todos se alegren con la simpatía y la belleza de tu cara sonriente.

Y es que: tu sonrisa puede llevar esperanza y abrir horizontes a los agobiados, a los deprimidos, a los descorazonados, a los tentados, a los desesperados.

Es el valor de la sonrisa.

Reír y sonreír es bueno para la salud

 Cincuenta mil payasos se han reunido en Wilmington (Massachusetts). Los payasos -hombres de bien-, que han llevado siempre la alegría a los niños y a las personas mayores, ahora se están preocupando, solidariamente, de combatir el dolor y el sufrimiento de quienes están hospitalizados o encarnados en sus casas. Saben que científicamente se recomienda que los seres humanos riamos y sonriamos todo lo posible, ya que la mecánica del movimiento de los músculos faciales está relacionada íntimamente con el sistema nervioso automático que controla los latidos del corazón, la respiración y otras funciones vitales.

La risa y la sonrisa dejan una sensación de bienestar, alegría y optimismo.

Todos sabemos que una palabra, un gesto, una actitud que lleguen al alma y nos ayuden a reír o motiven una sonrisa mesurada, abierta y relajante, pueden:

- levantar un ánimo decaído;

- distender el espíritu;

- remontar alguna hora baja;

- ofrecer nuevos horizontes.

El Evangelio nos habla con insistencia de la alegría.

Diez razones para una sonrisa

Cada uno tiene experiencia sobre el valor de una sonrisa. Todos recordamos el momento, por ejemplo, en que se abre una puerta, una ventanilla, entramos en un despacho, vamos a una consulta y la persona que nos recibe nos atiende con una sonrisa amplia, acogedora, amable. Es el mejor lenguaje para dar la bienvenida, empezar una conversación o solucionar un problema. De ahí que te ofrezcamos diez razones para una sonrisa:

1. Dar una sonrisa no cuesta nada o muy poco; en cambio puede ayudar mucho.

2. Una sonrisa jamás empobrece a quien la da, pero en según qué momentos enriquece a quien la recibe. Es una manera de dar y darse.

3. Una sonrisa suele tener una duración muy corta, pero puede perdurar en el recuerdo toda una vida; una sonrisa es fugaz, pero sus efectos perduran años.

4. Alguien ha manifestado que la sonrisa no parece cumplir propósito fisiológico alguno, salvo el de ejercitar los músculos faciales; pero sonreír por fuera, cuando estamos desentonados, crispados, tensos por dentro, es contribuir a la propia belleza interior y ofrecer serenidad, amistad, paz a nuestros interlocutores.

5. Sonreír es la capacidad espiritual que tiene el hombre para salir de sí mismo, para no agarrotarse en situaciones difíciles y dar la mano a quien la hubiere menester.

6. Se ha dicho que nadie hay tan rico que pueda vivir sin una sonrisa; y nadie tan pobre que no merezca una sonrisa.

7. Que una sonrisa puede aliviar una pena, reponer fuerzas y ofrecer consuelo.

8. Que una sonrisa ya tiene todo su valor desde el comienzo en que se da.

9. Que si crees que a ti la sonrisa no te aporta nada, sé generoso y da la tuya, porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como aquel que no sabe sonreír.

10. Uno de los derechos del hombre, de toda persona humana, es el derecho a poder sonreír.

 

 

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