Adoración ante el Santísimo 24

Tenemos que cambiar

Un maestro de espiritualidad tenía un grupo de discípulos empeñados en llegar a la perfección. Uno de ellos le pregunta:

- “Maestro, ¿cuál es el primer paso para llegar tan lejos?”
El maestro, muy sereno y tranquilo le responde:

- “Olvida el pasado”.
- ¿Y por qué tengo que olvidar el pasado? ¿Acaso el pasado es malo?
El maestro respondió:

- “No te he dicho que renuncies al pasado porque es malo, sino porque el pasado está muerto”.

Esto es lo que nosotros no entendemos. Nos imaginamos que muerto está el futuro, mientras que el pasado está vivo. Y por eso nos aferramos a él impidiéndonos mirar al futuro. Tenemos miedo al cambio. Juan Pablo II, habló de nuestro tiempo como “no sólo una época de grandes cambios culturales sino como cambio de época”. No se trata de simples cambios dentro de una misma cultura. Se trata de cambio de “época”. Estamos viviendo algo nuevo, diferente, distinto.

Vemos el tiempo como una carretera. Estamos en una recta y de pronto una señal nos anuncia una curva. Antes de entrar a la curva comenzamos a frenar el coche. No vemos qué hay al otro lado de la misma. Al pasar la curva, cosa curiosa, se nos abre una gran recta que va en otra dirección. Pero la curva que hemos pasado ya nos impide ver la recta anterior por la que veníamos. Comienza algo distinto. Primero no veíamos lo que habría por delante. Ahora ya no vemos lo que queda atrás.

Jesús se presenta en su tierra, Nazaret, y allí hace el gran anuncio. Hoy se cumplen las promesas. Ahora comienza lo nuevo. Lo que era esperanza ahora se hace realidad. Antes vivíamos mirando a la antigua promesa. Ahora estamos llamados a abrirnos a la nueva realidad. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

 

Ya no es hora de vivir de la promesa.

Es el momento de abrirnos a la novedad de la promesa cumplida.

Ya no es hora de recordar el pasado.

El pasado no apunta al pasado, sino al futuro.

El pasado no es para quedarnos en él.

El pasado es para caminar al futuro.

El pasado sin futuro, como las aguas estancadas, se pudre y se muere.

El pasado sólo tiene una manera de sobrevivir: engendrando el futuro.

El pasado es como el ayer.

Pero el ayer sin el hoy, se queda dormido en la eterna noche de la oscuridad.

El ayer ya pasó. Sólo tenemos el hoy y a la vista está el mañana.

Nuestra verdadera casa no es el ayer. Ni siquiera el hoy.

Nuestro verdadero hogar es el mañana y el mañana del mañana.

Nadie anuncia el pasado a los pobres, sino un futuro promisorio.

Nadie anuncia la libertad a los presos de ayer, sino a los que quieren salir de la cárcel hoy.

Nadie anuncia el pasado a los oprimidos, sino su libertad hoy.

Nadie anuncia el pasado a los ciegos, sino la buena visión que van a tener a partir de hoy.

Quedarnos en el pasado, es anunciar la resignación a los pobres.

Quedarnos en el pasado, es anunciar a los ciegos que sigan ciegos para siempre.

Quedarnos en el pasado, es anunciar a los oprimidos que sigan esclavos toda su vida

Quedarnos en el pasado, es anunciar a los presos la cárcel perpetua.

Jesús no vino a conservar el pasado, sino a cumplir las promesas y las esperanzas del pasado.

Jesús no vino a dejar las cosas como estaban, sino a anunciar cosas mejores.

Jesús vino a realizar y cumplir el pasado abriéndolo a la novedad del Evangelio.

El estanque es el símbolo del pasado. El río es el símbolo del futuro.

Por eso, las aguas del estanque terminan pudriéndose.

Mientras que las aguas del río corren frescas y cristalinas.

El río es siempre el mismo, pero las aguas son distintas en cada momento.

Las orillas y márgenes de los ríos no son para detener al río sino encauzarlo.

Las estructuras son para canalizar la vida. No para estancar la vida.

Las estructuras familiares son para canalizar la vida de la familia.

No para matar la vida de la familia en la estrechez de su rigidez.

Las estructuras eclesiales son para canalizar la vida de la Iglesia y del Evangelio.

No para matar la vida y el Evangelio.

La tierra que aprisiona el grano lo corrompe para que brote.

La tierra no puede atenazar a la semilla e impedirle que nazca.

La lámpara no es para aprisionar e impedir que la luz ilumine.

Tampoco las estructuras son para. Impedir que brote la vida. Impedir que crezca la semilla. Impedir que la luz alumbre.

Oración

 

Señor: Has querido hacer tu presentación como “el hoy de Dios” en tu pueblo de Nazaret.

Tú te presentas como realizador del pasado,

no quedándote en el pasado, sino anunciando el nuevo futuro.

Tú te presentaste como la realización de las antiguas esperanzas, anunciando las nuevas realidades.

Tú diste vida al pasado, no desde el pasado,

sino desde el hoy que apunta al mañana.

Nosotros no queremos que el pasado muera.

Nosotros queremos el pasado tenga vida.

Por eso queremos abrirnos a la novedad de hoy

y a las sorpresas de mañana.

No queremos ser ayer. Pero queremos ser el “hoy” de Dios.

También nosotros, como Tú,

quisiéramos decir cada día de nuestras vidas:

“Hoy se cumple esta Escritura”.

Que no nos quedemos en “lo de siempre”,

sino que avancemos hacia lo que está por venir.

También nosotros queremos, desde nuestro presente,

ser sembradores del mañana. Amén

Dios quiere la felicidad de sus hijos

La primera mirada de Jesús al comenzar su misión no se dirige al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la humillación que padecen hombres y mujeres.

Jesús se siente «ungido por el Espíritu» de un Dios que se preocupa de los que sufren, impregnado por su amor a los pobres y desvalidos. Es ese Espíritu el que lo empuja a entregar su existencia entera a liberar, aliviar, sanar, perdonar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor»

Éste es el Dios que Jesús anuncia con su Palabra y con su vida... Un Dios en el que tenemos que confiar siempre, porque su preocupación fundamental es la felicidad de sus hijos... Nuestro Dios es como aquel padre...Érase una familia feliz que vivía en una casita de suburbio. Pero una noche estalló de improvisto en la cocina un incendio espantoso.

Cuando las llamas comenzaron a propagarse, padres e hijos salieron fuera corriendo. Se abrazaron e impotentes, contemplaban desconsolados su hogar envuelto en llamas y humo.

Entonces, con horror y pena indescriptibles, cayeron en la cuenta de que faltaba el más pequeño, un niño de cinco años. En el momento de salir, asustado por el crepitar de las llamas y sintiéndose ahogar por la acidez del humo, volvió atrás y subió al piso de arriba.¿Qué hacer? El padre y la madre se miraron desesperados e impotentes, las dos hermanitas comenzaron a llorar: lanzarse a aquel horno era imposible. Y los bomberos no acababan de llegar...

Pero he aquí que arriba, en lo alto, se abrió la ventana del desván, y el niño se asomó gritando con fuerza: “¡Papá, papá!”

El padre, esperanzado, respondió: “¡Salta hijo, salta!”

Debajo de sí el niño sólo veía fuego y humo, pero oyó la voz de su padre y contestó: “¡Papá, no te veo!...”

“Te veo yo, hijo, y basta. ¡Salta!” gritó el hombre con toda su alma.

El niño saltó y cayó sano y salvo en los cariñosos brazos de su padre, que lo había recogido al vuelo.

Con Dios sucede lo mismo...En los momentos de peligro su voz se deja oír: “Confía en mí, arrójate a mis brazos...” Y quizás podamos contestar: Cuando he estado en peligro o en apuros y me he dirigido a Ti y tú pareces  sordo... Y por ello, también nosotros decimos: “Padre, no te veo...En la tierra caminamos a oscuras, pero Dios nos ve, y él vela por nosotros; y esto es lo importante. Dios no nos abandona ni un instante... aunque muchas veces tengamos la impresión de que el no responde a nuestras súplicas...

Otro hecho que aparece en el Evangelio de este fin de semana, es la incredulidad de los paisanos de Jesús ante su mensaje y declaración... Ellos creen conocerlo muy bien, y justamente ese conocimiento se convierte en obstáculo para que se abran a la verdadera realidad de Jesús... Para ellos resulta demasiado fuerte aceptar que “uno de ellos”, al que conocen de toda la vida, se presente como el Ungido del Señor...

Esto lo entendemos... porque hoy, como ayer, nos es más fácil aceptar al que no conocemos que al que conocemos… ¡Cuántas veces nos deshacemos en elogios sobre alguien a quien hemos leído o escuchado y viene uno o una que le conoce y apostilla: “¡Si yo te contara...!”

Algo así pase en Nazaret: “Mucha fama...” pero ¿no es el hijo del carpintero?”

Esto no es sólo de ayer... sino que esto sigue sucediendo hoy... Son muchos los que creen conocer a Jesús porque saben cuatro vulgaridades de él y ya creen que lo saben todo. Son muchos los que creen que se conoce a alguien por saber “cosas de Él”, sin intimar con él...

Muchos pueden entender el Evangelio de hoy, porque también a ellos les pasó que creían conocer al otro por un noviazgo más o menos prolongado, pero cuando se pusieron a vivir juntos, a compartir la vida, se dieron cuenta de que lo mejor del otro, lo más hondo del otro, para bien o para mal, no lo conocían

El Evangelio no es un libro del pasado nos narra hechos que siguen sucediendo entre nosotros hoy, como sucedieron hace mucho tiempo... Dios nos ama siempre y que por tanto, podemos confiar siempre en él... Su Palabra es luz para nuestra vida, porque todos necesitamos esa luz para ver con claridad.

Y , además , que comuniquemos esa Buena Noticia. Que no nos contentemos con conocerla y vivirla nosotros, sino que la comuniquemos a los demás para que también otros puedan conocer y vivir el Mensaje de Jesús.

NO SOLO UN ASUNTO PRIVADO 

Está muy extendida entre nosotros la tendencia a comprender y vivir la fe como un asunto puramente privado.

Bastantes piensan que la presencia comprometida de la Iglesia en la vida pública es algo totalmente ajeno a la acción evangelizadora querida por Jesús.

La Iglesia tendría una misión exclusivamente religiosa, de orden sobrenatural, ajena a los problemas políticos y económicos, y debería limitarse a ayudar a sus fieles en su santificación individual.

Pero luego se observa una postura curiosa. Se bendice y aprueba la intervención eclesial cuando viene a legitimar o fortalecer las propias posiciones, y se la condena como una degradación de su misión o una intrusión ilegítima cuando critica las propias opciones.

Este doble criterio a la hora de valorar la intervención de la Iglesia, ¿no está indicando una fidelidad mayor a la propia opción socio-política que a la búsqueda sincera de las auténticas exigencias de la fe?

Es indudable que la Iglesia puede en algún caso no respetar debidamente la autonomía propia de lo político y económico. Pero lo que resulta sospechoso es esa reacción casi visceral ante cualquier posicionamiento de la Iglesia que trate de concretar las exigencias sociales de la fe, sin coincidir con nuestra propia posición.

Lo paradójico es que, con frecuencia, se le pide a la Iglesia que «se dedique a lo suyo». Pero, resulta que «lo suyo», es actuar animada por el mismo Espíritu de Jesús quien se veía «enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos... y a dar libertad a los oprimidos».

No se quiere entender que la Iglesia, si quiere seguir a Jesús, debe buscar la salvación integral del hombre, que abarca a las personas concretas, los pueblos, las estructuras y las instituciones creadas por el hombre y para el hombre.

La Iglesia es entre nosotros una institución de gran incidencia pública, un «poder fáctico», como dicen algunos. El problema de la Iglesia es cómo convertirse en servicio evangelizador, inspirador de una sociedad más humana y fraterna, cómo poner su influencia social al servicio de los más desheredados de la sociedad.

La salvación cristiana no puede reducirse a lo económico ni a lo político o cultural, pero la Iglesia «no admite circunscribir su misión sólo al terreno religioso, desentendiéndose de los problemas temporales del hombre». Es un deber suyo «ayudar a que nazca la liberación... y hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización» (Pablo VI).

Cristo: un hombre sorprendente

Hay algo en nuestro mundo que nunca falta. A las personas las conocemos y las identificamos por ciertos signos o señales que suelen acompañarnos y rodearnos en su vida de cada día.

 Si vemos dos filas de policías en moto abriendo paso por las calles, sabemos inmediatamente que, detrás va un hombre importante, socialmente hablando.

Si caminamos por un barrio residencial, con espléndidas casas, con espléndidos coches y espléndidos jardines todo bien vigilado, adivinamos inmediatamente que allí viven hombres importantes, desde el punto de vista del dinero.

Si contemplamos un barrio de chabolas en las que vemos colgadas ropas miserables y negras,  a pesar de estar recién lavadas y nos miran con ojos asombrados unos niños greñudos y sucios, sabemos, con toda seguridad, que estamos ante unos hombres a los que calificamos de marginados, de pobres.

 Y si llegamos a una reunión con asientos reservados y tranquilamente nos sentamos en unos de ellos, en el momento en que nos invitan a levantarnos tenemos la sensación de que, allí, nosotros no somos importantes y sí lo son los que pueden sentarse en los sitios “reservados”, más importantes que nosotros.

 Jesús sabía todo esto porque somos así, ayer, hoy y siempre. Y también lo sabía Juan el Bautista. Por eso, cuando quiso que sus discípulos aprendieran de primera mano quién era Jesús les envió a preguntárselo; y Jesús en lugar de darles una complicada lección de teología les dice sencillamente: ved los signos que me acompañan. Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Son los signos de Jesús. Ni coche, ni mansión, ni asientos reservados. Allí no había hombre importante social o económicamente. Había otra clase de hombre: UN HOMBRE sorprendente, que no encajó en los esquemas de sus contemporáneos, ni tampoco en muchos de los nuestros.

 El Evangelio de este fin de semana vuelve a repetir la experiencia que tuvieron los discípulos de Juan el Bautista. Empieza S. Lucas su Evangelio y quiere presentarnos antes de nada unos rasgos claros  inconfundibles del que va a ser el PROTAGONISTA de su obra. Y es que S. Lucas quiere que desde el primer momento los que vayan a leer su obra, no tengan duda sobre con QUIEN se van a encontrar.

Y coloca a Jesús, en pie en la Sinagoga, leyendo a Isaías para comentarlo. Y elige precisamente el pasaje que ya recordó el mismo Jesús en el encuentro con los discípulos de Juan: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos la vista, para dar la libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor...”

Nosotros hoy sabemos ya con toda claridad que el personaje que nos presenta S. Lucas, es Cristo y sabemos que  viene a liberar, a sanar, a llenar el mundo de gracia. No viene a condenar, ni a encadenar a los hombres, ni a someterlos a la angustia ni al miedo. Viene para que tú y yo seamos capaces de encontrarnos ya con Dios en este mundo. Si somos capaces de colaborar activamente en la libertad de los cautivos y de los oprimidos por el rencor y el odio, por la droga, la mentira, el sexo, el dinero, el poder el desenfreno, Jesús viene para que seamos capaces de encontrarnos ya con Dios  en este mundo si somos capaces de trabajar para que la luz llegue a raudales a tanto ciego incapaz de ver más allá de sus inmediatas apetencias, para que el dolor, aunque resulte difícil, pueda llegar a convertirse en gracia. Jesús viene y se hace presente si somos capaces de trabajar para que la desesperanza se convierta en esperanza y la angustia que, quizá no desaparezca nunca de la tierra, tenga algún rasgo de compasión que la dulcifique, y la violencia desemboque en la paz, la injusticia en justicia, la muerte en vida.

Los signos de Jesús están clarísimos. Nosotros hoy queremos ser seguidores de Jesús. Tenedlo claro si a nuestro lado se dan esos signos, es que estamos en el buen camino. Pero si cuando alguien nos contempla, y no encuentra ninguno de esos signos es que no hemos entendido nada del Evangelio, la Buena Noticia de Jesús que ha venido a liberar de todo aquello que a la persona, a ti y a mí, nos impide e incluso nos dificulta, realizarnos como individuo feliz, como sociedad justa y pacífica.

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