Adoración ante el Santísimo 23

¿Y si volviera hoy Jesús a nuestro mundo?

Cuando leo en el Evangelio “Y bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.... Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y los hombres”, me asombra la naturalidad con que lo dice. Como si aquí no pasase nada.

Muchas veces me he hecho esta pregunta: ¿Y si Cristo volviera a nacer hoy en medio de nosotros? Estamos tan acostumbrados al Jesús que nació hace más de dos mil años y que nació en Belén, que ni se nos pasa por la mente cómo sería el Jesús nacido hoy y viviendo en una familia cualquiera del pueblo.

Porque ¿alguien se imagina a un Jesús niño hoy? Tomando esa leche preparada para los bebés? Porque ¿alguien se imagina a un Jesús con esos pantalones rotos por la rodilla y con esos parches o flecos colgantes? ¿Con zapatillas para estar en casa?¿Trasladándose en bicicleta?¿Tomando un taxi? ¿Alguien se imagina a Jesús con televisión en su cuarto viendo un partido de fútbol o las noticias de la guerra de Irak o los líos del Parlamento? ¿Con un transistor, escuchando noticias de la radio, escuchando los partidos de fútbol?¿Alguien se imagina a Jesús viniendo a nuestras misas dominicales escuchando las homilías de los curas?

¿Alguien se ha puesto a pensar en un Jesús? ¿Cenando con los de la oposición? ¿Almorzando con algunos del Gobierno? ¿Tomando una cerveza con los miembros del Poder Judicial? ¿Alguien se imagina a Jesús charlando con los que critican a los curas, a los Obispos y a la Iglesia, con los que critican al Gobierno, con los que dicen que han perdido la fe, porque ya no creen en la Iglesia?

Bueno, pero ¿por qué resultan extrañas estas preguntas? ¿Es que alguien se imagina a Jesús sin salir de casa? ¿Es que alguien se imagina a Jesús sin relacionarse con nadie? ¿Es que alguien se imagina a Jesús hablando sólo con los curas, los Obispos, el Papa? ¿Es que alguien se imagina a Jesús hablando sólo con los buenos, la gente de buena reputación?

¡Por favor, que Jesús no es tan aburrido! No me lo imagino así. Y estoy seguro que recibiría las mismas críticas que recibió entonces.

Y estoy seguro que armaría los mismos escándalos de entonces. Y se ganaría las mismas enemistades de los sacerdotes que entonces. Porque estoy segurísimo que Jesús actuaría como actuó entonces. Y se comportaría como se comportó entonces. Sería uno más entre nosotros. Sería uno más como nosotros. Aunque claro: con una mentalidad distinta a la nuestra. Por eso tampoco encajaría hoy, como no encajó entonces. Y espero que no le crucificásemos como entonces. Hoy la gente es más sensible a la Carta de los Derechos del Hombre. Aunque a decir verdad, si vuelves, Señor, no te fíes mucho

Oración

Señor: naciste en una familia, como todos nosotros.

Viviste en una familia, como todos nosotros.

Sabes lo que es tener un padre trabajador, sin mayores conocimientos.

Sabes lo que es tener una madre maravillosa.

Sabes lo que es ser pequeño con ganas de ser grande.

Sabes lo que es tener que esperar a ser mayor para poder decidir tu vida.

Sabes lo que es escuchar que te dicen: “no salgas” y “no te metas con esa gente que es peligrosa”. “No te alejes de casa, que todavía eres pequeño”.

Eso me gusta de ti.

Porque sé que así sabrás comprender mejor mis rabietas y mis enfados.

Bendice, Señor, a nuestras familias

La crisis en la familia

Recientemente, hablando con una pareja de novios sobre sus planteamientos matrimoniales resumía así la crisis de la familia contemporánea: “¿Cómo optar por tener hijos en una sociedad aparentemente sin futuro, en una situación social que parece sin salida? ¿Cómo pensar en un proyecto para educar a esos hijos cuando lo que los padres pueden influir en ellos es como una gota de agua en un mar de influencias incontrolables que es casi imposible contrarrestar.

 

Ciertamente, la crisis de la familia es grave. Pero no es lícito ser derrotistas. Aunque estamos siendo testigos  de una verdadera revolución en la conducta familiar, y muchos han predicado la muerte de diversas formas tradicionales de familia, nadie anuncia hoy seriamente la desaparición de la familia.

Al contrario la experiencia humana parece enseñarnos que en los tiempos difíciles se estrechan más los vínculos familiares. La abundancia separa a los hombres. La crisis, la necesidad y la penuria nos une. Por eso ante el presentimiento de que vamos a vivir tiempos difíciles son bastantes los que presagian un nuevo renacer de la familia.

Pero, ¿qué familia? Los católicos hemos defendido, con frecuencia, la familia en abstracto sin detenernos demasiado a reflexionar cuál debe ser el contenido de un proyecto familiar pero entendido y vivido desde la fe, desde la escucha y práctica de la Palabra de Dios.

Las lecturas que escuchamos en el día de la Sagrada Familia nos hablaron de respeto a los padres, más si son mayores, nos hablan de actitudes de agradecimiento, de perdón, de respeto, de sencillez, de humildad, de ánimo. La Palabra de Dios nos da a entender que la familia se construye cada día; no basta el hecho de tener la misma sangre, ni de habitar bajo el mismo techo, ni siquiera tener una dependencia económica. La familia y la comunidad se trabajan cada día, la mayoría de las veces por medio de pequeños gestos y detalles que expresan grandes actitudes de amor, clave para entender y reflejar el Evangelio.

Porque no cualquier familia responde a las exigencias del Evangelio. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad, y familias egoístamente replegadas sobre sí mismas. Hay familias autoritarias y familias de talante dialogal. Hay familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad.

Hay familias y padres preocupados por dar un bienestar a sus hijos, pero que se olvidan de un aspecto tan fundamental como es la construcción de una familia desde el amor, el respeto, el diálogo y el servicio desinteresado, claves todas ellas para educar en los valores del Evangelio y en la paz.

No cualquier familia refleja las exigencias del Evangelio. ¿Serán nuestros hogares un lugar donde las nuevas generaciones podrán escuchar la llamada del Evangelio a la fraternidad universal, a la defensa de los abandonados y a la búsqueda de una sociedad más justa, o se convertirán nuestros hogares en la escuela más eficaz de insolidaridad, de inhibición y de pasividad egoísta ante los problemas ajenos?

Si el cristianismo quiere hacer presente la fuerza humanizadora del Evangelio en la sociedad occidental, deberá contribuir a hacer de la familia un lugar cálido de experiencia humana y humanizadora.

Todos debemos preguntarnos hoy día qué es lo que podemos hacer para que el respeto, la sencillez, el perdón y el amor crezcan en nuestras familias.  

Niños sin fe

En muchos hogares ya no se habla de Dios. Los niños no pueden aprender a ser creyentes junto a sus padres. Nadie en casa los inicia a en la fe. Sus preguntas religiosas resultan embarazosas y son pronto desviadas hacia cosas más prácticas. Lo que se transmite de padres a hijos no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.

No es, pues, extraño que encontremos entre nosotros un número cada vez más elevado de niños sin fe. ¿Cómo van a creer en Aquél de quien no han oído hablar? ¿Cómo se va a despertar su fe religiosa en un hogar indiferente?

La actuación de los padres es diversa. Hay algunos a los que no les preocupa en absoluto la fe de sus hijos. Hace tiempo que ellos mismos se instalaron en la indiferencia. Hoy no saben si creen o no creen. ¿Qué pueden transmitir a sus hijos?

Hay también padres que, aun sintiéndose creyentes, dimiten fácilmente su propia responsabilidad y lo dejan todo en manos de los colegios y catequistas. Parecen ignorar que nada puede sustituir el ambiente de fe del propio hogar y el testimonio vivo de unos padres creyentes.

Pero hay también padres preocupados, que no saben qué hacer en concreto. Padres que buscan apoyo y orientación y no siempre los encuentran. Puede ser oportuno recordar algunas cosas sencillas pero básicas.

Lo más importante es que los hijos puedan comprobar que sus padres se sienten creyentes. Que puedan intuir que Dios es alguien importante en su vida, que la fe los anima a vivir de manera positiva y los sostiene en los momentos de sufrimiento y prueba.

Pero no es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar a rezar al hijo cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta, si en casa no se celebra ese día de manera cristiana. No se le puede hablar en serio de Jesucristo, si el hijo nunca nos ve leyendo el Evangelio.

Es importante también preocuparse directamente por educar la fe de los hijos. Comprarles alguna «Biblia para niños», ayudarles a leer esas publicaciones tan hermosas orientadas a presentarles la fe y enseñarles a orar, ver con ellos esos «videos» de iniciación en la fe. Nadie mejor que los padres para despertar en los hijos la experiencia religiosa.

Al mismo tiempo, son los padres los que han de acercar al niño a la comunidad cristiana a la que pertenece, enseñarle el templo parroquial, mostrarle la pila bautismal donde fue bautizado, seguir de cerca su proceso en la catequesis, participar con él en la eucaristía dominical, celebrar las grandes fiestas cristianas de la Navidad, Semana Santa y Pascua.

La fe o la incredulidad de las nuevas generaciones se juega en buena parte en la familia. Es bueno recordarlo hoy, en esta fiesta de «la familia de Nazaret», modelo de vida para todo hogar cristiano.

 

 

El tema de la familia hoy

En nuestra sociedad son muchas las voces que se levantan para defender los derechos de las personas y las reivindicaciones de los diferentes grupos, pero apenas nadie defiende los derechos del niño.

Con mucha frecuencia, las violencias físicas y síquicas contra los niños son toleradas e incluso aprobadas por la sociedad. No se persigue las agresiones al niño en el seno de la familia, a no ser que alcance grados extremos, pues se considera a los padres dueños absolutos de ese hijo al que han dado la vida.

Se acepta socialmente que los hijos son propiedad privada de los padres y, en consecuencia, se olvidan los derechos de ese niño como persona intocable que es.

Pero no se trata sólo de malos tratos y violencia física. Es todavía mucho más elevado el número de padres que rechaza y menosprecia a sus hijos no deseados y que no les ofrece la seguridad, la atención y el cuidado que necesitan para crecer dignamente.

Otras veces, son madres agobiadas por el trabajo, la soledad y la depresión que descargan su inestabilidad emocional en sus pequeños.

 Hay casos frecuentes de padres que proyectan en sus hijos sus propias frustraciones y exigen violentamente al niño ser según sus propios deseos para castigarlo cuando no responde a sus expectativas.

Es un signo más de una sociedad egoísta e hipócrita donde defendemos los derechos que nos interesan y donde seguimos olvidando los derechos de los más débiles y pequeños.

Pero también hay y debería haber más madres y padres que al llegar a su casa, dejan que sus hijos se les cuelguen del cuello. Madres y padres que saben “perder tiempo” jugando con su niño. Esos hombres y mujeres a los que apenas nadie valora pero que son grandes precisamente porque saben respetar, cuidar y hacer felices a sus hijos.

 

 Madres y padres preocupados sí, por dar un bienestar a sus hijos, pero que no se olvidan de un aspecto tan fundamental como es la construcción de una familia desde el amor, el respeto, el diálogo  y el servicio desinteresado, claves todas ellas para educarles en la paz.

No hemos de olvidar que el futuro de nuestro pueblo se está haciendo, en gran parte, en nuestros hogares. Estos niños que sufren carencias afectivas tan graves, son los hombres violentos del futuro. Estos jóvenes que no han conocido lo que es la ternura, son los que aumentarán la agresividad social en nuestra sociedad. Esos niños y adolescentes que han conocido “el zarpazo de la violencia, bien directamente, o bien por ser hijos de víctimas de asesinatos, atentados, extorsiones, amenazas y coacciones” ¿cómo podrán superar después el odio, la aversión y la angustia profunda?

Niños que viven defendiéndose, como pueden, en medio de esa tragedia que es una pareja mal avenida, después serán adultos insolidarios, inseguros, indecisos. Los niños no amados, que son una carga para sus padres difícilmente podrán tener la experiencia de sentirse queridos por Dios. Entonces, nosotros condenaremos a esa juventud pero nos habremos de preguntar críticamente de dónde han surgido. Por eso desde ahora tenemos que cuestionarnos seriamente:

¿Son nuestros hogares escuelas de paz o germen de futura violencia? ¿Qué acogida encuentran nuestros hijos en nuestros hogares? ¿Qué ternura reciben?

¿Con qué respeto nos acercamos a ellos? ¿Qué dedicación les prestamos?

 

 

 

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