DOMINGO XIX

El pasaje del evangelio de Mateo de este domingo acontece “después que la gente se hubo saciado”, esto es, tras la narración de la multiplicación de los panes y los peces, relato evocador de la comunidad reunida que se alimenta en la fe compartida y la fraternidad constituida en torno a Jesucristo. Una comunidad, saciada, satisfecha, protegida, arropada en sí misma, con la seguridad de una presencia providente que sostiene y da vida a esa comunidad.

¿Y ahora qué? ¿Puede la comunidad relajarse y regocijarse en sí misma, habiendo alcanzado su ser y sentido? Ahora es tiempo de “ir a la otra orilla”, ya es tiempo: “Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla”. Si Jesús ha de llegar a la otra orilla, preciso será que los discípulos se dispongan a precederle.

Pero, ¿en verdad estamos dispuestos a ello? Pues, ¿acaso tiene sentido abandonar lo que hemos construido con esfuerzo, con tesón, con paciencia? ¿No basta con mantener y sostener la vida en comunidad fraterna? ¿No es esto lo que se nos pide? Y si hemos conseguido un atisbo de esto es nuestro contexto habitual, ¿no es un contrasentido marchar en busca de “otra orilla”? ¿No es demasiado pronto, no seré mejor quedarse y fortalecer lo que ya tenemos, que bastante en precario está?

Siempre hay otra orilla. Siempre hay otra tierra que nos llama, siempre hay otras gentes, otros mundos, otras culturas, otras sociedades, otras multitudes, que necesitan ser saciadas. Jesús mismo nos las señala, nos apremia a ir a ellas,… porque él mismo se dispone a ir a la otra orilla. El irá, ¿quién le dirá que no?

Muchas razones y argumentos tenemos que oponer para no ir a la otra orilla: hay que cruzar el mar, hay que dejar tierra firme (lo que conocemos) y asumir el peligro de introducirnos en un contexto inestable, movedizo, posmoderno, incomprensible, e incluso amenazante; hoy la barca no está preparada: está vieja y desgastada, débil para ese viaje, sin las fuerzas de otras épocas “mejores”; precisamente ahora que contamos con menos fuerzas, ¿no es mejor reforzar nuestra propia orilla, lo “seguro” lo que ya conocemos, lo que ya “funciona”? Además, ¿y si no nos quieren en la otra orilla? Si ya nos sabemos rechazados… ¿no es cierto que el viento sopla en contra?

¿Quién sopla en contra sino los mismos que no quieren ir a la otra orilla? “El viento era contrario” no porque nada se opusiera al viaje, sino los mismos “Jonases” que montaron en la barca y que no querían alcanzar su Nínive particular para llevar el mensaje profético de Dios. Siempre hay otra orilla, siempre hay otra Nínive, aquel lugar que es el “némesis” de “nuestra” iglesia: de nuestros valores, de nuestra ideas, de nuestros modelos de vida, y que rechaza nuestras formas y planteamientos, y que encima resulta amenazante, como un mar embravecido que amenaza con tragarnos. ¿A qué ir allí, si ya sabemos que no les gustamos?

Para mayor desconcierto, Jesús se nos acerca andando sobre aquellas aguas turbulentas: no puede ser él, es un falso Jesús, un “fantasma”: Jesús no estaría con ellos, no puede estar con ese mundo, con esos ninivitas… no son los suyos, no le comprenderían ni le acogerían. Pero él está allí, avanza hacia allí con paso firme y decidido, y en su afirmación, derriba nuestras precauciones y oposiciones: “Animo, soy Yo, no tengáis miedo”.

Lo que pasa es que no me conocéis del todo, sólo me conocéis bajo un prisma, el que vosotros conocéis de siempre, lo que habéis creído y vivido siempre, como si lo diferente fuera necesariamente opuesto y desahuciable. No avanzo entre los hombres como un “huracán violento que descuaja”, ni un “terremoto” que destruye, ni un “fuego” que abrasa: no he venido a destruir el mal en la vida de los hombres como el que sembrador que arrancando la cizaña arranca también la buena semilla, sino que he venido a acompañar a los hombres en su caminar como suave brisa que conforta y susurra el camino y la esperanza.

Entonces, si él está también allí, no hay excusa, no hay pretexto: aquella orilla también es su orilla. También habrá de ser nuestra orilla. A ella tenemos que dirigirnos. El saber que él también se dirige allí, que también allí están los suyos, que él también está ahí, será nuestra fuerza: “Te basta mi fuerza”, no importa el estado de la Iglesia. La Iglesia se rejuvenece cada vez que encuentra nuevas orillas – a las que el mismo nos apremia -. Rechazarlas es morir, es hundirnos, dejarnos engullir por nuestros propios vientos, nuestros propios miedos, nuestras propias negativas y rechazos.

Ejemplo por excelencia, Pablo, en este pasaje de Romanos, nos da, precisamente, cuenta de su particular cruce a la otra orilla: convencido judío, el Jesús que se le aparece y le manda ir a Damasco, a casa de sus “enemigos” a aquellos a los que había de perseguir, le descoloca hasta hacer de la otra orilla el ser y sentido de su vida, dejando atrás la que fue su orilla, “su propia carne” donde pensaba que había de permanecer Dios sempiternamente.

En este día de hoy, Jesucristo nos apremia a ir a la otra orilla. El ser de la Iglesia es navegar, siempre. Siempre hay otra orilla. Es hoy o nunca. La iglesia que se queda en la misma orilla siempre acaba perdiendo la perspectiva y la verdad. Sólo cuando los discípulos cesan en su oposición a ir a la otra orilla alcanzan la verdad: el que Jesús es “realmente Hijo de Dios”, afirmación que, en la mitad del evangelio de Mateo, como centro geográfico y significativo del mismo, anticipa la verdad que se desvela al final del evangelio: “verdaderamente este era Hijo de Dios”; verdad puesta, por cierto, en boca de uno de los de la otra orilla del momento, un centurión romano. ¿Y si hemos de ir a la otra orilla para que se nos desvele y revele la verdad?

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