DOMINGO I DE CUARESMA

1.- El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. Las tentaciones son necesarias porque manan en la propia naturaleza humana. Jesús, como era hombre verdadero, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, las tuvo. Las tentaciones, además son útiles, porque nos ayudan a nosotros a luchar contra ellas y a perfeccionarnos. Todo ser humano tiene tentaciones durante su vida, derivadas de nuestro innato egoísmo, de nuestra vanidad, de nuestra inclinación natural a gozar inmoderadamente de lo material, de nuestras ansias de figurar, tentaciones de pensamiento, de palabra y de obra. San Pablo decía que las tentaciones proceden del “hombre viejo” que hay en cada uno de nosotros. La gracia, el hombre nuevo, nos ayudan y nos incitan a la santidad, pero no nos liberan de nuestras tendencias corporales y psicológicas. Porque muchas veces, con terminología paulina, hacemos lo que no queremos y no hacemos lo que queremos. Pero, como decimos, las tentaciones no sólo no son pecado, el pecado es consentir y caer voluntariamente en ellas. El evangelio dice que Jesús tuvo tentaciones, pero también dice que no consintió en ellas y que venció al demonio. Las tentaciones deben servirnos, además, para conocernos mejor a nosotros mismos, porque muchas veces no sabemos cuáles son nuestras fuerzas espirituales hasta que la tentación nos prueba. Luchemos contra la tentación y confiemos en Dios, que nunca va a permitir que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. En el no pedimos a Dios que nos libere de la tentación, sino que no nos deje caer en ellas.

2.- Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios; decía: se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia. La lucha contra las tentaciones debe conducirnos directamente a la conversión al evangelio de Jesús. No olvidemos que las tentaciones de Jesús ocurren al principio de su vida pública. No podemos nosotros dedicarnos a predicar a los demás el evangelio del Reino si antes no hemos superado nosotros mismos las tentaciones del hombre viejo: egoísmo, ambición, disfrute inmoderado de los bienes carnales, ansias de poder y de dominio, soberbia. Como vemos, no hubo interrupción alguna entre la predicación de Juan el Bautista, el Precursor, y la predicación y vida pública de Jesús. La Iglesia de Cristo nunca ha dejado de predicar el evangelio y, si alguna vez lo dejara dejaría de ser Iglesia de Cristo. Ahora somos nosotros, los catequistas y evangelizadores de este momento, los que tenemos la obligación y la misión de predicar el evangelio con nuestras palabras y nuestras obras. Para hacerlo con dignidad luchemos todos los días y en todos los momentos contra las tentaciones, porque estas no nos van a abandonar nunca, de una o de otra manera. Los santos fueron santos porque lucharon contra las tentaciones, las vencieron y vivieron convertidos al evangelio. Hagamos nosotros lo mismo.

3.- Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que devaste la tierra. El mensaje de este texto del libro del Génesis está bien expresado en el salmo responsorial, salmo 24: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza. Dios nunca ha querido destruir a toda la humanidad; lo que Dios ha querido y quiere siempre es que los hombres dejemos de pecar y guardemos su alianza. La ternura y la misericordia de Dios son eternas; lo que tenemos que hacer nosotros es dejarnos salvar por Dios, guardando su alianza, es decir, siendo humildes y siguiendo sus caminos, los caminos de Cristo, que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

4.- Aquello (el arca de Noé) fue un símbolo del Bautismo que actualmente os salva. Como vemos, san Pablo ve en la salvación que Dios concedió a unos pocos, a través del arca de Noé, un símbolo del Bautismo cristiano. Sin entrar en detalles exegéticos y bíblicos, nosotros podemos leer este texto como una invitación a pensar en el valor salvífico de nuestro bautismo y a renovar ahora, consciente y libremente, las promesas que entonces hicieron en nuestro nombre nuestros padres y padrinos. Pidamos a Dios que no nos deje caer en la tentación y que nos dé su gracia para ser fieles siempre a las promesas que se hicieron en nuestro nombre el día de nuestro bautismo.

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